
LAS ESTRELLAS Y SUS ADICCIONES
Por Luis Magaña
Tomarnos una copa de vino por convivir, es un acto social cotidiano. Ingerir un postre es un divertido momento de degustación. Sofocar el dolor de cabeza con una aspirina, representa un alivio. Com-prarnos una costosa prenda de vestir, satisface un capricho. Incluso comunicarnos a través de las famo-sas redes sociales, representa un pasatiempo agradable. Pero cuando cualquiera de estas acciones de-scritas se convierte en un incontrolable placer, con repeticiones insaciables y sin medida, estamos frente a un irremediable problema de adicción.
Ser adicto a algo o incluso a alguien, tiene distintos grados de patología. De tal modo que no siempre se traduce en contenidos negativos. Para muchos el ser adicto a la cafeína no es una patología mayor, pero para otros tantos el amor desmedido y co-dependiente de alguien puede ser mortal. Luego entonces, adicción por definición, se circunscribe al estado psicofísico ocasionado por la interacción de un organismo vivo con un fármaco o estimulo determinado, caracterizados por la modificación del com-portamiento. Actualmente para los especialistas, casi cualquier comportamiento que ocasione compul-sión, o bien que el individuo no pueda controlar es considerado como adictivo.
Pero si al hecho de vivir una adicción se le agrega la eventualidad de ser una celebridad, entonces ya el tono de la trascendencia es sublime. Pues no es lo mismo ser Winona Ryder y que una cámara de seguridad de un supermercado te capture extrayendo algún artículo (sin pagarlo), a que seas un cualquiera (como usted y yo, mi querido lector). Porque en el caso de Winona se le consideró Clep-tomanía (adicción a robar) y en cualquier otro particular sería simplemente robo, con el encarcelamiento correspondiente.
Las estrellas son excéntricas hasta en sus manías. Paris Hilton, Eva Longoria, Paulina Rubio, Juan Gabriel y hasta Chayanne se aceptan como maniáticos de las compras de ropa de marca. Son gustos caros, que hasta como enfermedad resultaría incosteable para un mortal común y corriente, pero tratándose de una estrella, resulta plausible y divertido. Nos entretiene saber que la Hilton le compró un collar de cincuenta mil dólares a su mascota. Quien no se enteró de las botas de veinte mil dólares que utilizó Lady Gaga en un video-clip y que jamás volverá a utilizar. Esta gente compra sin medida, ni cle-mencia. No obstante, son adicciones que ya quisiéramos algunos, que perdemos el sueño buscando artificios financieros para pagar nuestras hipotecas… pero en fin, por eso tantos somos los estrellados y tan pocos las estrellas.
Se sabe de Patricia Navidad, Helena Rojo, Mauricio Islas y Mayte Perroni que tienen una incontrolable debilidad por los postres, asunto más que prohibido cuando se trata de artistas de televisión, quienes viven eternamente a dieta y sin probar excesos de grasas o azúcares que les afecten la figura.
Hay también vicios destructivos, en cuya lista nos llevaríamos cinco tomos de compendio para organizar a todos los que han pasado por clínicas de desintoxicación contra drogas. La patología del gusto inconmensurable por el alcohol y las drogas es virtud selecta de los artistas. Desde Elvis Preysler, pasando por Marilyn Monroe y muchos otros que han tenido muy callado sus descalabros químicos y aún así no dejan de ser del dominio público. Por ahí han pasado desde Luis Miguel, hasta Alejandra Guzmán. Tal vez algunos menos publicitados que los otros, pero se mencionan hasta a Mario Moreno “ ¨Cantinflas¨” o la mismísima Maria Felix, entre los que han caído en las garras del alcohol.
Amy Winehouse, Lyndsay Lohan, Nicole Ritchie, Witney Houston, Robert Downey Jr., Liza Minelli, Britney Spears, Michael Douglas y muchísimos otros han enfilado a Hollywood como semillero de dro-gadicción y alcoholismo.
Los famosos sufren de insatisfacción y exceso de triunfo y según los especialistas, las estrellas se convierten en personajes adulados, cuestión que los orilla a la carencia de sorpresa. Nada es sufi-cientemente impactante, ante la magnificencia de estímulos que reciben constantemente. Y ahí surge la necesidad del ¨algo más¨ que les proporcionan los estupefacientes y el nivel etílico en la sangre. Lamen-tablemente una cosa los lleva a otras y el desahogo es incontrolable en dosis y frecuencia.
Evidentemente hay otro tipo de adicciones menos nocivas físicamente, pero no por ello menos complicadas. Por ejemplo, la ludopatía (descontrol en el juego y las apuestas). Esto ha sido la tumba de muchas carreras artísticas como la de Olga Breesking, Gilberto Santarosa y Carlos Vives quienes han pasado por la cuerda floja de los juegos de azahar.
También existen las manías como las de Silvia Pinal, Verónica Castro, Thalía y Liz Taylor, quienes tienen una pasión escondida por comprar joyas de colección. Por ejemplo, Thalía compró en muchos miles de dólares, la famosa gargantilla de diamantes, rubíes y esmeraldas que Cartier diseñó en exclusiva para María Félix, misma que hoy es una verdadera pieza de colección. Sin dejar de lado a la Taylor, quien calcula el costo de su caja fuerte, repleta de piedras preciosas en más de catorce millones de dólares en alhajas, que valen tanto por su intrínseco precio, como por el solo hecho de haber sido usadas por ella. En el caso de doña Silvia y Verónica, sus joyas son tan famosas como ellas en persona…, ambas gozan de las antigüedades y exquisiteces de las molduras de hechura ancestral y tal vez por eso le han comprado tantas joyas a Irma Serrano ¨“La Tigresa¨”.
De las manías más frecuentes en las celebridades está el esteticoholismo, es decir, la adicción a las cirugías plásticas. Aquí los reyes, amos y señores del bisturí son Michael Jackson (q.e.p.d.) y Liz Taylor, a quienes se les calculan más de treinta intervenciones por cabeza. Pero en este carril también están Lucía Méndez, Laura León y Ninel Conde, entre varias otras personalidades que ya no tienen expresión real, pues sus rostros son diferentes cada dos meses.
El abuso de los tranquilizantes es una cruz que muchas celebridades han tenido que sobrellevar en sus caminos. Por ejemplo, Ozzy Osbourn, Nikky Taylor, Courtney Love, Enrique Guzmán, Ari Telch, Pablo Montero y otros tantos, han tenido problemas con calmantes, ansiolíticos y hasta somníferos, que se vuelven insustituibles en su cotidianeidad y por tanto un problema de salud.
Pero sin duda hay otro tipo de adicciones que son impresionantes, como los famosos que viven sus vidas a la par que las informan en las redes sociales como Facebook o Twitter y luego se fingen sor-prendidos con la intromisión de los medios de comunicación en sus auto-promocionadas intimidades. Adictos al twitter tenemos desde Ashton Kutcher, hasta Thalía, Alejandro Fernandez o David Bisbal. Sin dejar de lado a la cantidad de impostores que se manejan en Facebook con identidades de celebri-dades, quienes ni siquiera saben lo que se dice de ellos en estas redes cibernéticas, a través de todos sus duplicitarios.
La lista de adictos, adicciones y adictivos parece no tener fin. Hoy, la velocidad de las comunicaciones y la cantidad de posibilidades para estar al día en la información, hace que los secretos sean casi imposibles de guardar. Los famosos no tienen para dónde huir y que no sean encontrados, por lo que sus manías se hacen públicas en cuanto no las controlan. Así que el refrán de “vicios privados, virtudes públicas”, ha dejado de ser real…. Es más, actualmente es mejor omitir pruebas o nuevas experiencias que conduzcan a cualquier adicción, pues la feria “de los que caen” es más concurrida que la “de los que nunca han caído”.
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